sábado, 8 de octubre de 2011

Locos, enanos, negros y niños palaciegos


No se acomete aquí el estudio de la bufonería en España; se trata de disponer al lector para recibir el primer Catálogo de todos los hombres de placer que dejaron huellas en el Archivo Administrativo del que fue Palacio Real en Madrid. Me parece que su número ha de sorprender.

Los eruditos conocen a los enanos y locos que retrataron Ticiano, Moro, Ribera, Francisco de Herrera, Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz, Velázquez, Cano, Carreño. En total quince o veinte; cantidad muy inferior a la que arrojan los papeles. Son 123 los que he llegado a catalogar. Y todos ellos vivieron bajo la bóveda temporal de siglo y cuarto. Cabe decir que los Austrias gastaron un loco o enano por año.

El haber abordado esta investigación se debe a dos motivos: primero, al deseo de identificar y fechar algunos de los retratados por Velázquez, y, segundo, satisfacer la curiosidad de algunos investigadores que solicitaban datos sobre enanos o bufones mencionados en cartas particulares.

El trabajo representa año y medio de laboriosa investigación policíaca dentro del Archivo. Si tales sujetos hubieran sido criados normales, con oficio, cargo o misión determinada, hubiera bastado con recurrir a las nóminas o a los asientos o pagos de medias anatas. Pero da la casualidad de que el ser enano o loco no es ni oficio ni cargo; nadie puede ser nombrado loco o enano en tal día de tal año. Además, no todos eran remunerados por la misma oficina. Unos cobraban en raciones de cera, o sea por la Cerería; otros cobraban en panes, por la Panadería; unos son pagados simplemente con mercedes de vestidos; otros no figuran más que en los viajes o jornadas.

De ninguno de ellos se puede hacer una verdadera biografía. No hay datos de nacimiento, lugar o familia, salvo en casos excepcionales. En general sólo puede averiguarse la fecha de entrada, las mercedes que reciben, lo que comen, visten y, acaso, la defunción. Son pequeños héroes que, si alegraron el Alcázar viejo, no han dejado más rastro en la historia que algunos retratos y estas fechas que yo colecciono.

He tenido que perseguirlos en los rincones más pequeños de la Administración, en las cuentas particulares de los zapateros, sastres, gorreros, cordoneros y otros oficios: en las Nóminas, en los gajes de empleados, en las Cuentas del Maestro de la Cámara, en las Mercedes, medias anatas, espectáculos, gratificaciones, empleados, etcétera. En los pliegues más pequeños de la vida palatina.

Esperaba encontrar algo sobre sus costumbres y conducta y, en toda la montaña de papeles, no he tropezado más que con esta orden:

Año 1633. «Para que no suceda el faltar de los aposentos de la reina algunas cosas, como ha sucedido, y lo mismo en los míos, se previenen las cosas que ha parecido convenientes y se ha dado orden para ello al Duque de Alba y a vos la doy para que cuando salieren por la Ante-Cámara y Saleta los muchachos y los locos no los dejen ir hasta haber sabido de los reposteros de camas si falta alguna cosa, para que con este cuidado tengan las cosas el buen cobro que conviene. Vos se lo ordenaréis a los dichos reposteros de camas y los ujieres de saleta.- En Madrid, a 19 de noviembre de 1633-. Al Marqués de Santa Cruz». (Espectáculos, leg. 1).

A pesar de la sequedad o falta de datos que tienen los papeles administrativos, algo se desliza acá y allá en ellos. Por ejemplo, la repetición de esta frase: «que vino de Zaragoza», trae consigo la deducción de que esta ciudad abastecía de locos y enanos mucho más que otras de España. Y es que allá existió un famoso manicomio. Algunos de los dementes fueron traídos a prueba y devueltos por no servir, sin duda, para la diversión de la Corte o porque su estado patológico sobrepasaba los límites deseados.

Por detalles sueltos como éste se averigua que los nobles, emulando a los reyes, tenían sus enanos. Así el Marqués de Eliche, el Conde-Duque y el Duque de Medina de las Torres. Los de Palacio vivían unos en el Alcázar y otros fuera.

Igualmente se ve que unos eran indispensables en los viajes y jornadas (los más divertidos) y otros no. Que Juan Bautista de Sevilla, conocido por Bautista el del ajedrez, era el que jugaba partidas con Felipe IV; y que las negrillas jugaban con el rey. Véase este asiento en Cuentas de Mercaderes (M. 12 y 13). Año de 1665: «En 16 de diciembre, tres varas de bayeta negra de Alconcher para monjil con manga de punta que Su Majestad hizo merced a una negrilla que juega con el rey». Detalles que, como los vestidos o los platos, contribuyen a imaginarse el ambiente de la Corte en aquella época.

Saber que un tal Panela (no el músico) era quien hacía los juguetes al príncipe Baltasar Carlos, no es de gran interés, pero saber que el juguete que le hacía más frecuentemente era el «dominguillo», es ya algo interesante. Desde luego revela que los niños reales no podían tener entonces juguetes como los chicos del más modesto burgués o menestral de hoy. Otro muñequero del Príncipe fue Jorge Salvador, del cual hay una «Memoria de los muñecos de cera y otras cosas que hizo desde 1639 a 1642» (Felipe IV. Leg. 2).

Pero, por encima de estas minucias, lo que más puede interesarnos es lo tocante a los locos y enanos pintados por Velázquez. Por mi indagación sabemos desde hoy que el supuesto Niño de Vallecas se llamaba Francisco Lazcano, y era de Vizcaya, por lo que le llamaban «El vizcaíno». Sabemos la fecha en que se debió pintar el retrato del bufón don Juan de Austria, y por qué se llamaba éste así. Sabemos de dónde era y cuánto vivió Nicolasito Pertusato. Sabemos el nombre completo y la patria de la conocida por Mari-Bárbola, o sea María Bárbara Asquín, alemana. Tenemos buenas conjeturas para creer que el enano inglés se llamaba Nicolás Bodson u Hodson, y no Antonio, y que fue pintado por Carreño, no por Velázquez. Contamos con una explicación del mote que se le daba a don Diego de Acedo, «El Primo», pues al descubrir que su segundo apellido era Velázquez, nada tendrá de extraño que irónicamente le llamasen primo del pintor. Sabemos que ni el «Bobo de Coria», ni el «Niño de Vallecas» figuraron con estos nombres en los documentos antiguos, sino a partir de un inventario de cuadros de 1789, es decir, de tiempos recientes, en que un desaprensivo llegó a bautizarlos así, como a otro le llamó «El Alcalde de Zalamea».

Por todos estos y otros detalles aparecidos habrá que variar bastantes datos en el Catálogo del Museo del Prado. Así, el retrato de don Juan Calabazas, que se considera pintado entre 1646 y 48, tiene que ser anterior, puesto que el retratado muere en 1639.

¿Qué sentido encerraba esta costumbre de rodearse de enanos, locos o bufones y negros? A primera vista nos resulta repugnante.

De nada nos sirve saber que la moda de tener locos y enanos domésticos es asiática. Que los hubo en Persia, en Egipto y después en Grecia y Roma.

Cuando leemos en Erasmo, Elogio de la locura, que un festín era algo insípido si en él faltaba la salsa de la locura, comprendemos, pero que la bufonería en la Edad Media lo invadiese todo, casa, castillo, corte, convento e iglesia, vuelve a sernos extraño.

A esta incomprensión nos conduce sin duda el cambio sufrido por la sociedad y la familia en poco más de un siglo.

De mis charlas con un viejo pariente conservo apuntes de lo que era la casa de mi bisabuelo materno. Su servidumbre estaba constituida por estos personajes pintorescos: Francisco «El Pipero» (cochero) y su lacayito, Miguelín. Ángel, el negro, esclavo manumitido, que quedó en casa voluntariamente hasta su muerte. Este negro se llamaba Ángel Bresca; Ángel por la señora y Bresca por el cabeza de familia. Dato precioso para nuestro tema, porque en Palacio bautizaban a la gentecilla de este calibre con los nombres y apellidos de los reyes y príncipes. Así, don Juan de Austria, el bufón, y otros que se dirá en su lugar. La única misión del negro era la de comprar el pescado para la cena. Aparte del negro y de los citados, componían la servidumbre Mariana, «La Picharda», y Pepa, «La Granadina». La una abría la puerta y la otra cuidaba de la cotorra, más dos costureras diarias para hacer vestidos a los pobres.

¿No suena a raro todo esto? Pues aún hay más. En aquella casa se hacían sopas de galletas para los gatos de la vecindad. Y en la cochera había una carretela y dos mulas, llamadas «Culebra» y «Colegiala», y un perro, llamado «Capitán».

Este conglomerado constituía el ambiente familiar. Perduraba todavía el sentido original de «criado», es decir, de persona alimentada, sostenida y vestida, realmente criada por el señor. Y entre tal persona y el amo existía una relación de cariño verdadero y profundo a pesar de una desigualdad social que no se concibe hoy. Nuestro Ángel Bresca, el negro, ya he dicho que no quiso usar de su liberación y murió en casa, fiel a ella, como elemento de la familia.

Pues bien, lo que aquel negro fue para la casa familiar y lo que la familia fue para él ha de servirnos para ir entendiendo la extraña relación entre locos, enanos y personas reales. Sobre todo en España y durante los siglos XVI y XVII. Porque los locos, u hombres de placer, truhanes y bufones, como se les llamaba, tienen en estos siglos de bufonería cortesana algunos caracteres muy distintos de los de siglos anteriores.

Hay en la bufonería, como en todo, su juventud, su madurez y su decadencia. Su juventud podemos decir que comienza en el siglo VI, para España, con aquel muchacho llamado Mirón, «mimo del rey suevo de Galicia», o aquel «loco fingido que mata al rey Teudis, el año 548, que probablemente se introdujo en Palacio a título de bufón o albardán», o aquel otro «que se hizo albardán, anzy como loco, para vengar la muerte de la reina Amalasante, de la cual era criado». Estos tres que cita Menéndez Pidal en Poesía juglaresca y juglares al tratar de los tipos afines, son los locos más antiguos que conocemos. Y le sigue, aunque ya en el siglo XIII, don Guzbet el bufón (1213) y don Estevan (1260).

Las noticias de estos tiempos son escasas y los documentos de una gran sequedad; pero lo que nos hace llamar a su tiempo período de juventud es la consideración de que entonces ni la agudeza mental ni la destreza del lenguaje se habían desarrollado lo bastante para repentizar contestaciones. A esto se llega en el siglo XV y muy especialmente en Italia. En Lombardía fue donde se llamaron bufones «a los que en las cortes se fingen locos» (Muratori, Antiquitates italicae. II 1739, cols. 840-842). Y es sabido que en Italia llegó a ser la vida bastante incómoda a causa de la influencia de estos cínicos. Practicaban realmente el chantaje con su mordacidad y las más altas personalidades los sobornaban para vivir tranquilos.

Fray Íñigo de Mendoza censuraba en España por aquel tiempo lo que los nobles gastaban en sus bufones:

Traen truhanes vestidos
de brocados y de seda,
llámanlos locos perdidos,
mas quien les da sus vestidos
por cierto más loco queda.

Pero si el loco de la Edad Media era todavía tosco y vagabundo y si los del siglo XV se distinguieron por su influjo desmedido, sus procacidades y agudezas peligrosas, los del siglo XVII español se nos presentan como productos amansados, domesticados y, sobre todo, abundantísimos. Signos todos de decadencia. Del enano y del loco, como instrumentos familiares, dan perfecta idea las cartas de Felipe II a sus hijas desde Lisboa, publicadas en Francia. Don Felipe no deja de citar en ninguna de ellas a la enana Magdalena o al loco Morata. Se ve que para sus hijas eran personas de grato recuerdo e intimidad. Algo más importante que los señores y damas de la corte para la vida afectiva. Traslado trozos de dichas cartas, modernizada la ortografía:

Mucha envidia tiene Madalena a las fresas, y yo a los ruiseñores, aunque unos pocos se oyen algunas veces desde una ventana mía.
(Carta 2, 1 mayo 1581).

Esta Madalena, cuyo apellido era Ruiz, aparece retratada con doña Isabel Clara Eugenia en un cuadro del Museo del Prado (núm. 861), por un discípulo de Sánchez Coello. Era loca y enana y perteneció a la princesa doña Juana.

Madalena anda hoy con gran soledad de su yerno, que partió hoy para ahí: aunque yo creo que lo hace por cumplimiento. Y estuvo muy enojada conmigo porque le reñí algunas cosas que había hecho en Belén y en las galeras. Y con Luis estuvo muy brava por lo mismo.
(Carta 3.ª, 26 junio 1581).

Este Luis es Luis Tristán, criado cuya categoría ignoro. Aparece en las cartas y en las cuentas de Palacio. Alguna vez llegué a pensar si sería el pintor de este nombre, muerto en 1624.

Madalena fue hoy a la galera después que yo y creo que anduvo un poco mareada; y hasta agora no se osa desmandar mucho por este lugar; creo que es porque no le den grita como las dan a otras, diciéndole: ¡Daca la cuerda!
(Lisboa, 10 julio 1581).

Madalena está muy enojada conmigo después que os escribió, porque no reñía Luis Tristán por una cuestión que tuvieron delante de mi sobrino, que yo no la oí y creo que la comenzó ella, que ha dado en deshonrarle. Se ha ido muy enojada conmigo, diciendo que se quiere ir y que le ha de matar. Mas creo que mañana se le habrá ya olvidado.
(Lisboa, 23 octubre 1581).

Yo creo que Madalena no está tan enojada conmigo, pero ha días que está mala y hase purgado y quedado de muy mal humor; y ayer vino acá, y está muy mal parada y flaca y vieja y sorda y medio caduca; y creo que es todo del beber, que por esto huelga de estar sin su yerno.
(Lisboa, 15 enero 1582).

También van allí unas rosas y azahar, porque veáis que los hay acá; y así es que todos estos días me trae el Calabrés ramilletes de lo uno y lo otro; y muchos días ha que los hay de violetas.
(Lisboa, 15 enero 1582).

Este Calabrés figura también entre los personajes catalogados y hay un retrato suyo en el Prado.

Madalena me dijo hoy que escribiría y hasta agora no ha venido, que no sé qué se trae estos días que parece muy poco. No sé si el vino tiene alguna culpa de esto; y bueno me pondría si supiese que yo escribo tal cosa. Y Morata está aquí agora y un poco asido y con el mayor desasosiego del mundo.
(Lisboa, 29 enero 1582).

Por esta carta se ve que el loco Morata sufría ataques; en aquel momento se hallaba asido o preso de uno. Lo cual nos revela que no todos los llamados en Palacio «locos» eran «hombres de placer» o bufones profesionales.

Madalena anda muy alegre con mi hermana, aunque muy rota una ropa de tafetán que trae. Pero yo tengo la culpa, que no le he dado nada, aunque ella no ha dejado de acordármelo. Ha quedado para Lisboa. También trae una cadenilla y mi hermana se ha espantado mucho de verla así, aunque dice que está como solía.(Almayrin, 7 mayo 1582).

En lo anterior acusa don Felipe su sentido del ahorro. Se da cuenta de que le hace falta ropa a la pobre enana loca, pero retrasa el regalo hasta que lleguen a Lisboa.

En la carta XXI habla de que Morata hace días que no quiere entrar en el aposento de la hermana de don Felipe y de que en el momento de escribir le están dando una grita en la calle «aunque ya no le dan tantas como solían».

En la siguiente, escrita en Lisboa a 25 de junio de 1582, vuelve a hablar de los dos locos:

Y yo digo que aunque se le levanten los pies (a Madalena) cuando oye algún son, se cansa ya tanto que no puede bailar. Y el otro día tuvo un desmayo y ha quedado harto flaca.

Morata diz que está ya bueno, mas aún no viene acá [...] que todo es menester para que no esté mal conmigo, aunque algunas veces lo está harto, pero no tanto como solía. No sé lo que será después desta enfermedad.

A este grado de relación llegaba aquel hombre con sus locos: «que todo es menester para que no esté mal conmigo».

Hablando de los toros que iban a correr al día siguiente dice en la carta XXV (Lisboa, 17 septiembre 1582):

Y Madalena tiene un pedazo de un terradillo que sale a la plaza en su aposento, y ha estado tan ocupada en componerle que no ha podido escribir, ni aun creo que ha querido, aunque yo se lo he acordado algunas veces, que dice que no puede acabar consigo de escribir en vísperas de toros. Y está tan regocijada para ellos como si hubieran de ser muy buenos y creo que serán ruines.

En la siguiente confirma que fueron así, en efecto, y que Madalena se puso mala (no por los toros) y que quedó sumamente flaca.

Finalmente, en la carta XXVIII, fechada el 8 de noviembre de 1582, dice: «Madalena anda muy acongojada con su negra, que volvió una vez y agora se le ha vuelto a ir, ha dos días y no sabe de ella: pero sospéchase mal de ella».

Lo más importante para nosotros en esta correspondencia es, sin duda, la naturalidad con que aquel monarca habla de tales personajes y de sus defectos. Sin mirar las cosas desde abajo ni desde arriba, sino en su plano normal. Hasta se adivina una cierta sonrisa en el que escribe al decir que Madalena bebe, que quiere bailar, pero le pesan los pies y que anda recibiendo griterías por las calles de Lisboa o que se le marcha la negra fogosilla.

Esa sonrisa puede ser de hombre comprensivo que «está al cabo de la calle», pero, juzgando por otros casos, creo que los monarcas austríacos sentían verdadera debilidad o cariño por esta servidumbre exótica que les valía de válvula de escape en la tiesura cortesana.

Y si los Borbones desterraron a los enanos y locos, se quedaron todavía con algo, con los negros, y siguieron la vieja costumbre austriaca de bautizarlos con los nombres y apellidos de la familia real. Así, el caso de aquel Alfonso Carlos de Borbón, negro y arquitecto, en tiempos de Carlos III.

Del cuidado paternal que ponía en ellos este monarca da idea la orden siguiente:

«Habiendo resuelto el rey parta para la Coruña uno de sus negros, acompañado de un cabo de escuadra, dispondrá Vuestra Señoría aprontar una calesa para su conducción a dicha ciudad y hará Vuestra Señoría también abonar a don Miguel Ignarra, Director y Maestro de los negros del Rey, cuatrocientos veintitrés reales de vellón que ha suplido para los gastos del camino y vuelta a Madrid de dicho cabo». -San Ildefonso a 18 de setiembre de 1766.- El Duque de Losada.- Señor Gabriel Benito de Alonso López.

En esta orden se habla del maestro que les tenía puesto a los negros. También disfrutaban de maestro los enanos. El que lo era en 1697 se llamaba Bartolomé Manrique. Por cierto que en ese año eleva un memorial pidiendo «plaza de mozo de oficio» apoyándose en que lleva siete meses enseñando a leer y escribir a los enanos Simón y Manuel, con gran aprovechamiento; petición que se le niega porque «para entrar a desempeñar cargo así es menester que se sea persona decente, porque llegan luego a servir hasta la mesa del rey». (Expediente Personal M. 8).

El gesto paternal de que hablo es el mismo que se ve en el mediocre retrato de Felipe IV por Villandrando, donde el Príncipe pone su mano sobre la repulsiva cabeza del enano Soplillo (Museo del Prado).

Este aspecto de la relación entre los príncipes y los anormales, este cariño como del amo al perro por su lealtad y constante asistencia, e incluso por los saltos y locuras de alegría ante el señor, es humano y comprensible. Y, aunque no lo parezca, también es humano divertirse con los pobres seres tarados del espíritu o del cuerpo. No será humanitario ni justo, pero sí un impulso natural en el hombre. Todos hemos visto en nuestras andanzas por los pueblos al tonto seguido o perseguido por la chiquillería alborozada. En general, tontos venidos de otros pueblos. Y muchos de ellos no lo son. No son tontos ni locos; pero, como en la alta Edad Media, lo fingen para no trabajar y vivir de limosna.

Muchas de las costumbres vivas aún en nuestras aldeas no son otra cosa que supervivencias de usos feudales y cortesanos. En las reuniones de los vecinos más pudientes de un pueblo suele haber un hombre divertido o cínico que alegra las veladas y se hace indispensable.

Los juglares -dice Menéndez Pidal- eran ornato principal de la Corte y esparcimiento necesario; «sus cantares e sones e estrumentos» eran incluidos en las «Partidas» entre aquellas alegrías «que debe el rey gozar a las vegadas para tomar conorte en los pesares e en los cuidados». Pues bien, lo mismo se podrá decir de los bufones, locos u hombres de placer. Uno de los catalogados por mí, José de Alvarado, fue admitido entre los hombres de placer «por su buen humor y ejercicios». Probablemente volatines o juegos de manos.

Este aspecto alegre o divertido, hace perfectamente comprensible la existencia del bufón en la Corte. Y más si sus gracias no sobrepasaban la raya de lo tolerable. Felipe IV debía de tenerlos a raya, a juzgar por el modo que tuvo de reaccionar ante un chiste de aquel bufón toreador que se llamaba don Cristóbal de Castañeda y Pernia, por sobrenombre Barbarroja. Habiendo preguntado el Rey si en Balsain había olivas, le respondió: «señor, ni olivas ni olivares» aludiendo así al Conde-Duque de Olivares. Por este chiste le desterró a Sevilla el monarca.

En tiempos anteriores no hubiera parecido tan grande desacato la contestación de Barbarroja. Bajo Felipe IV, las que se conservan de Manuel de Gante son ingeniosidades inocentes.

No obstante, los contemporáneos sintieron gran ojeriza contra estos locos, como se ve por el alegato de Francisco de Santos en su sátira El no importa de España.

Y es que, o fueron muy favorecidos o abusaron de sus puestos de confianza. Ya el bufón Miguel de Antona, que está retratado en un lienzo del Escorial de Abajo, recibió de Felipe II heredades y hasta escudo de nobleza. Otro, don Diego de Acedo, fue nombrado de la Secretaría de la Cámara y Estampa o Estampilla. Y don Nicolás Pertusato, el enano retratado en las «Meninas», subió a ser Ayuda de Cámara y gozó de muchos gajes.

Ha de tenerse presente, además, que ellos hacían de mensajeros y espías; que, administrando ditirambos y críticas influían en la opinión pública y que de diversos modos eran útiles para el servicio real.

No podemos aludir aquí a los bufones célebres habidos en Francia durante los reinados de Luis XII y Francisco I, a los famosos Caillete y Triboulet, ni a los de Enrique VIII de Inglaterra, ni a los de Shakespeare, ni a los de Pedro el Grande de Rusia, porque no trato de los bufones en general sino de los de España.

Más difícil de comprender es la afición a los enanos y monstruos. Pero recuérdese que ya en Grecia atraían la curiosidad y que en nuestro tiempo se ofrecen en los circos como elementos regocijantes. Si los reyes antiguos de España los utilizaron, no fue tanto como a los bufones. Menéndez Pidal habla del enano García Yáñez que, juntamente con su mujer, era sostenido con cargo a la marina allá en el año 1294 cuando se armaba la flota de Sancho IV para Tarifa (Poesía juglaresca y juglares, pág. 160).

Los enanos, aparte de que algunos eran ingeniosos y emparejaban con los hombres de placer, divertían por su simple presencia, por su pequeñez. Pero cabe sospechar que a los reyes les gustaban por otros motivos: mirando los retratos de Felipe IV con Soplillo, y de Isabel Clara Eugenia con la enana Magdalena Ruiz, brota la sospecha de que gustasen a las personas reales por el realce que prestaban a su figura.

El mejor apoyo de esto lo ofrece el cuadro de «Las Meninas». No inculpemos a Velázquez de haber recurrido a este ardid de rodear a la Infantita -que es centro de cuadro- de gente zafia, estirada o enana para que resaltase la belleza de la niña regia. El ardid o truco viene de más alto y de más lejos. Probablemente no se daban ya cuenta ni los que lo utilizaban.

Como tampoco se darían cuenta de que el uso de negros, locos y enanos era un signo de los tiempos, un acento o estilo peculiar de la época, un detalle barroco. Desde luego tenerlos a su alrededor y en tal profusión resulta para nosotros como un arabesco, o mejor aún, como una quiebra de lo racional, como un capricho, lujo o sobra. Tener un loco, bufón, hombre de placer o enano es igual que tener rizos en la piedra de la portada o en la melena, en el escudo o en las piezas de vestir. Es un superfluo gracioso, tan inútil como cordial y ameno. Hoy nos costaría tanto trabajo figurarnos la corte de Carlos II o de Felipe IV sin este mundillo pintoresco, como imaginar un palacio barroco sin labores en piedra tomadas del mundo vegetal o suntuario, sin cortinajes o frutas de cantería.

Porque no terminan aquí las extravagancias. La corte se rodea además de animalitos, perros, cotorras, monas, etcétera. Puedo presentar una nota de los gastos de tela para vestir a la mona que tiene Magdalena Ruiz en el retrato tantas veces aludido. Y puedo presentar unos detalles de un inventario, que son muy elocuentes para el tema del feísmo en el siglo XVII. Dice así aquella nota: «VESTIDOS PARA LA MONA: En 13 de octubre dos varas de raso verde y amarillo labrado para una saya a una mona que mandó su alteza vestir.- Más tres cuartas de holandilla encarnada para forro.- Más catorce varas de pasamanos de seda de dos colores para guarnecerla.- Más vara y media de tafetán amarillo y encarnado frisado para una ropa y basquiña para dicha mona.- Más doce varas de pasamanos de seda de dos colores para guarnecer la dicha ropa y basquiña.- Más media vara de holandilla para un sayo turco para la dicha mona.- Más una vara de bayeta de Flandes para forro.- (Y otros aderezos para completar este sayo turco). Total, el primer vestido cuesta 3768 maravedíes, y el segundo 2590». (Cuentas particulares, M. II). Esta cuenta es del año 1593, pero está ya tan finalizado el siglo XVIque bien puede incluirse entre los usos del siglo XVII.

No fue esta mona la única favorecida. Otras merecieron los honores del retrato. Por un inventario de 1686 sé que existió un mico que aparece descrito así: «Una pintura de un mico en pie con una caña en la mano y un sayo blanco, de vara y cuarto de alto». (Bellas Artes, leg. I, fol. 51).

En este mismo inventario, y al fol. 27, dice: «En el pasillo del cuarto bajo que sale a la escalera de la Galería del Cierzo hay diez retratos en tabla de a vara de alto, todos de mujeres plebeyas, con marcos negros dorados, de la escuela de Alberto Durero».

Y en el fol. 57 hay este otro asiento de amor al feísmo: «Retrato de un mestizo de Guamanga, muy corpulento, con un palo en la mano, en un lienzo de más de cuatro varas de alto y dos y media de ancho».

No debe extrañar que hable aquí simultáneamente de animalitos y de monstruos. Desde luego, entre enanos y locos no hacían diferencia los papeles de Palacio. Así se ve con frecuencia en ellos: «Hagan el asiento de fulano (loco o enano) entre los de su género», es decir, aparte. Los monarcas tenían conciencia de lo que eran, pero ¿y ellos mismos? Probablemente, no.

Un periódico ilustrado acaba de publicar (primavera de 1936) un artículo titulado «El Estado de Liliput», con motivo del primer congreso de enanos que habrá de celebrarse en Budapest. Los adheridos eran mil, y, al parecer, piden se les reconozca personalidad social distinta de los demás hombres, prohibición de casarse con ellos las personas de estatura corriente, y dotarles de casas, habitaciones y muebles a su medida. Ahora, sí. Ahora puede decirse que los enanos han cobrado conciencia de lo que son. Y por eso se niegan a servir de risa por el mero hecho de tenerse que encaramar a una silla para abrir el cajón de la cómoda.

Si los enanos del siglo XVII hubieran alcanzado esta conciencia, ¿se habrían avenido al juego que les exigía la teatralidad cortesana? Quizás por hambre.

Pero es verdad también que muchos de ellos eran simples monstruos o tarados y no podían saber qué papel hacían. Este es el caso de «La Monstrua», Eugenia Martínez Vallejo, retratada por Carreño dos veces, vestida y desnuda. Para hacer tolerable el segundo retrato la fingió Baco.

En este mundillo absurdo se daban casos muy varios y también serían muy varias las razones de los monarcas frente a ellos. Es posible que éstos vieran en los locos y Hombres de placer esa «chispa» o luz del espíritu que resulta a los hombres normales tan misteriosa como atrayente. Y que en los enanos vieran un símbolo misterioso también, pero de signo negativo, terrorífico. Una locura negra de la naturaleza. El monstruo.

En unos y otros hay misterio. Y ya se sabe que el misterio ha ejercido atracción sobre el hombre. Este mismo trabajo, ¿no es acaso un producto de esa atracción? El misterio amedrenta y atrae a la vez. Cada chico de esos que persiguen a los chiflados por las aldeas siente miedo de él, pero le sigue y acosa. Por otra parte, cada ser humano reflexivo se habrá parado muchas veces a pensar por qué causas o motivos la naturaleza produce monstruos.

Al reflexionar sobre el auténtico hombre de placer, l'uomo piacevole, l'homme amusant, piensa uno que forzosamente hubo de influir su existencia en la literatura contemporánea. Si no se hubieran encaramado a las gradas del trono, hubieran pasado desapercibidos tal vez. Y, en efecto, los «graciosos» de las comedias clásicas son hermanos de estos locos distinguidos. Tan distinguidos, que alguno llegó a ser llamado «gentil hombre de placer». Es el caso de Manuel de Gante.

La prueba de que impresionaba esta gente a nuestros comediógrafos del Siglo de Oro está en que éstos se valen del mismo calificativo que la gente cortesana. Así, Calderón:

que en fe de hombre de placer
debe de haberse tomado
licencia de entrar aquí.
(Afectos de odio y amor, II).

Hombre de placer, gracioso, hombre divertido. Quien se propone investigar y perseguir las ocurrencias de estos locos de Palacio se desespera ante la falta de datos. De sus chistes, ocurrencias, agudezas, simulaciones y demás queda algo solamente en las crónicas o memorias de la época, pero no en los archivos de Palacio. Y esos que quedan no superan a los que publican nuestros diarios en la sesión de chistes. Es posible que la censura moral española haya escamoteado los más duros y procaces, pero de todos modos el historiador tiene para formarse idea de los bufones españoles esa balumba de comedias españolas clásicas. Aunque el gracioso es siempre algo más tosco, ha de verse como un producto de la época y derivado de la moda cortesana. Siendo esto así, hay que ver también a Sancho Panza como hombre de placer. Don Quijote podrá tenerle por escudero, pero Cervantes lo formó para divertir al lector. Es uno de tantos simples que hacen reír con sus simplezas.

Si al llegar a esto se pregunta por qué no aparecen los enanos en las comedias, deberá responderse que por la dificultad de encontrar actores liliputienses o de resolver el problema de algún otro modo plástico. Yo estoy seguro de que Lope de Vega se quedó con ganas de sacarlos a escena. En un teatro como el suyo, animado y coloro, esencialmente pintoresco, los enanos hubieran puesto su nota de contraste, tan esencial para las grandes figuras como la del gracioso u hombre de placer.

Pensando en esta ley de los contrastes y concretamente en las dos figuras creadas por Cervantes, cabe preguntarse si es fortuito que una de ellas, la principal, sea de un loco alto y delgado y la otra de un rústico simple, gordo y bajo. ¿Es esto casual o es un influjo de la Corte? En ellas pueden verse tan pronto al señor con su lacayo como al loco y al enano. En el libro de Cervantes seguiremos teniendo una cantera de interpretaciones; no quisiera yo que la mía resultase descabellada, pero, si resulta, —42→ sírvame de excusa el haber pasado año y medio persiguiendo a los ciento veinticuatro locos y enanos de la Corte que al fin tengo recluidos en el Catálogo.


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